VIAJE AL INTERIOR DE TU CUERPO. (Nutrición)

Un viaje virtual emocionante para ver cómo el alimento viaja desde la boca hacia el ano sufriendo la acción de la saliva y los jugos gástricos e intestinales. En el largo recorrido, los nutrientes que contiene el alimento –proteínas, glúcidos, grasas, vitaminas y minerales-, llegan a la sangre después de múltiples transformaciones.

En la digestión, las macromoléculas que constituyen los alimentos (proteínas, glúcidos y grasas) se transforman en otras sustancias más sencillas (aminoácidos, monosacáridos y ácidos grasos) para que el organismo pueda aprovecharlos. Los alimentos entran en el sistema digestivo, se transforman y, como en una fábrica, el excedente es expulsado al exterior.

Digestión bucal.

Empieza el viaje del alimento. En la boca lo masticamos, lo mezclamos con la saliva y lo deglutimos hacia el estómago. Con los dientes trituramos los alimentos, y con la ayuda de la expertísima lengua –casi nunca nos mordemos- los mezclamos con la saliva, formada por dos fermentos: la ptialina, enzima básica o alcalina que fragmenta ligeramente los glúcidos, y la mucina, que se encarga de unir los trozos de alimentos triturados por los dientes para formar el bolo alimenticio. Por último, deglutimos el alimento hacia la faringe y el esófago para que llegue al estómago.

Digestión estomacal.

Al llegar al estómago, el bolo alimenticio se detiene. Deberá permanecer en un medio ácido cuatro horas y sufrir la acción de los jugos gástricos, sustancias segregadas por las paredes del estómago y formadas por ácido clorhídrico (con acción bactericida), pepsina (transformadora de las proteínas) y factor intrínseco (esencial para la absorción de la vitamina B). Una vez transformado por el estómago, el bolo alimenticio pasa a llamarse “quimo”.

Digestión intestinal.

Llega el momento de adentrarse en un largo y retorcido pasillo de 6 metros: el intestino delgado. Aquí, el quimo se transformará en “quilo” gracias a la acción de tres “pociones mágicas”: la bilis, el jugo pancreático y el jugo intestinal. La bilis la fabrica el hígado y la almacena la vesícula biliar. Es fuertemente alcalina para permitir la digestión de las grasas. El páncreas vierte el jugo pancreático, compuesto principalmente por lipasa (encargada de romper las moléculas de grasa y transformarlas en ácidos grasos), y tripsina (cuya función es romper las proteínas en aminoácidos). La última sustancia, el jugo intestinal, está compuesto por enzimas que fragmentan todavía más los glúcidos (hidratos de carbono).

El quilo entra ahora en la última porción importante del canal alimenticio: el intestino grueso o colon. Aquí el quilo fermenta gracias a las bacterias que pueblan las paredes del colon, que nos defienden de los gérmenes patógenos invasores y que sintetizan vitaminas como la K o la B2. Los alimentos que no han podido ser asimilados son compactados en este tramo para ser expulsados por el ano mediante la defecación.

Absorción y metabolismo.

Tras la digestión, el intestino dirige los nutrientes hacia la sangre para que se incorporen al organismo. Por un lado, el agua, las sales y otros elementos llegan a través de las venas intestinales; por otro, las grasas lo hacen pasando primero a los vasos linfáticos y de allí al torrente sanguíneo. Es lo que se denomina “proceso de absorción”. La transformación que realizan las células con los nutrientes que les llegan desde la sangre es lo que llamamos “metabolismo”. Cada célula actúa, por tanto, como una fábrica. En estas “fábricas” se aprovechan los aminoácidos (procedentes de las proteínas), la glucosa (procedente de los glúcidos) y los ácidos grasos (procedentes de las grasas). En primer lugar, los aminoácidos se usan para construir nuevas proteínas que se destinan a tejidos tan importantes como los músculos, huesos y otros órganos internos. En segundo lugar, la glucosa se oxida para proporcionar energía, o se almacena en forma de glucógeno en el hígado o en forma de grasa en el tejido adiposo. Por último, los ácidos grasos pasan a formar parte de las membranas celulares, de multitud de hormonas o del colesterol, o bien se usan para producir energía.

Las vitaminas y minerales presentes en los alimentos se absorben también en el intestino y sirven principalmente para que todos los procesos que tienen lugar en el cuerpo (como el metabolismo comentado) se realicen correctamente. Son como las bujías en el motor del coche.

¿Cuánto dura este viaje?

Solemos tardar en masticar y tragar los alimentos unos escasos 10 segundos, sin embargo el proceso completo de digestión dura entre 12 y 24 horas, en función de la composición del “menú”. A partir de 72 horas se considera que la función intestinal es lenta. Los nutrientes que influyen en el llamado “tránsito intestinal” son las proteínas, las grasas y la fibra. Los dos primeros se suelen consumir en exceso y se relacionan con el estreñimiento. Conviene, pues, incrementar el consumo de fibra ya que regula el funcionamiento del intestino. La fibra no se absorbe y por tanto no nutre, pero sirve para muchos aspectos relacionados con la nutrición:

  • Activa los movimientos intestinales.
  • Prolonga el tiempo en que se absorben los nutrientes.
  • Participa en el acondicionamiento y formación de las heces.
  • Alimenta la flora intestinal.

No todo se aprovecha.

Nuestro cuerpo es muy eficiente absorbiendo determinados nutrientes, como la grasa y el azúcar (95%) o la proteína (75%), y muy poco absorbiendo otros, como el calcio (50%) o el hierro (25%). Por ello actualmente se recomienda disminuir la cantidad de grasa o de alimentos superfluos que consumimos, con mucha energía y pocas vitaminas y minerales, a favor de alimentos integrales, frutas y verduras, ricos en nutrientes pero pobres en energía.

Alcohol en exceso: veneno para el tubo digestivo.

Pese a que el consumo moderado de alcohol podría resultar beneficioso para prevenir determinadas enfermedades, conviene saber que ingerirlo en exceso “envenena” a las células digestivas, los entericitos, y se relaciona, además, con:

  • Reflujo gastroesofágico.
  • Úlceras en el esófago.
  • Hemorragias digestivas.
  • Diarrea.
  • Enfermedades del hígado y del páncreas.

La flora intestinal.

La flora intestinal es un “ejército” cuyos guerreros son las bacterias que pueblan el intestino grueso o colon. Una buena carga de bacterias protectoras en nuestra flora intestinal evita la proliferación de bacterias patógenas (los “enemigos”) y a la vez evita que el propio intestino entre en contacto con materiales extremadamente tóxicos o peligrosos, previniéndose también la necesidad de que el hígado tenga que destoxificar una serie de sustancias para las que no estamos preparados. Para conseguir una flora intestinal “poderosa” hemos de nutrir a nuestros guerreros con el alimento que más les gusta: la fibra. La fibra, que llega intacta al intestino grueso, es aprovechada por nuestra flora intestinal para reproducirse y protegernos, por ejemplo, del cáncer de colon.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: