LA SOPA DE PIEDRA.

Hubo una vez hace mucho tiempo, un país que acababa de pasar por un terremoto muy fuerte. Como es sabido después de los terremotos y las guerras, quedan los rencores, las envidias, muchos problemas, muertos y mucha hambre. La gente no puede segar, no hay harina ni pan.
Cuando en este país pasó el terremoto y estaba destrozado, llegó a una de sus regiones un damnificado agotado, harapiento y muerto de hambre. Hambriento llegó a una casa, llamó a la puerta y le dijo a la dueña:
-Señora, ¿no tiene usted un pedazo de pan para alguien que lo perdió todo y está muerto de hambre?
La mujer lo miró de arriba abajo y le respondió:
-¿Pero está loco? ¿No sabe que no hay pan, que no tenemos nada? ¿Cómo se atreve?
Con indiferencia lo despachó de su casa.
El pobre damnificado prueba en una y otra casa, haciendo la misma petición y recibiendo a cambio peor respuesta.
El damnificado ya casi desfallecido, no se dio por vencido, cruzó esta región y en sus afueras encontró unos jóvenes y les dijo:
– ¿Muchachos, nunca han probado la sopa de piedras que hago?
Se burlaron de él tratándolo de loco. Había unos niños que se acercaron y le ofrecieron su ayuda. Él les dijo:
-Necesito una olla muy grande, un puñado de piedras, agua u leña para hacer fuego.
Los niños lo trajeron, encendieron el fuego, pusieron la olla con agua y piedras hasta que hirvió.
-¿Podemos probar la sopa?, preguntaron los niños ansiosos.
-Calma, calma…
El damnificado la probó y dijo:
-¡Qué buena!, pero le falta un poco de sal.
Un niño fue a traerla y la consiguió. Volvió a probarla y dijo:
-Qué rica, pero le falta un poco de tomate.
Otro niño lo consiguió.
En un momento los niños trajeron otras cosas en pequeñas cantidades: papas, lechugas, arroz y hasta un pedazo de pollo.
La olla se llenó, el damnificado la probó y dijo:
-Vayan, avisen a pueblo que vengan a comer, hay para todos. Que traigan platos y cucharas.
Repartió la sopa, alcanzó para todos, avergonzados reconocieron que si bien no tenían pan, juntos tenían comida para todos.
Después de aquel día, gracias al damnificado hambriento, aprendieron a compartir lo que tenían con generosidad.

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